A medida que se intensificó el control migratorio durante la administración de Trump, las redes de respuesta rápida se expandieron en ciudades como Chicago y Minneapolis, donde voluntarios comenzaron a responder en tiempo real a reportes de agentes federales en sus vecindarios.

En algunos lugares, esa respuesta ha incluido a personas sonando silbatos para alertar a los vecinos o siguiendo a los vehículos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) mientras se desplazan por el vecindario, junto con otras formas de coordinación en tiempo real. En varias ciudades, estas redes han tomado forma a través de líneas telefónicas de emergencia, chats grupales y la organización comunitaria del vecindario.

Gran parte de esta labor se lleva a cabo fuera de la vista pública: distribuyendo suministros, organizando capacitaciones para observadores legales, documentando los encuentros en la calle, conectando a las personas con las redes vecinales, coordinando alertas y brindando apoyo a las familias con alimentos y otras necesidades.

Para este reportaje, conversé con tres personas involucradas en las iniciativas de respuesta rápida acerca de los roles que han asumido. Dos de ellas hablaron bajo condición de anonimato para proteger sus identidades.

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Credit: Gaby FeBland

Lucas* no forma parte de ninguna organización. No cuenta con entrenamiento formal. Tiene un empleo normal en una imprenta. Sin embargo, a medida que se intensificaban las operaciones de control migratorio en su vecindario de La Villita, sintió que debía hacer algo al respecto.

En las semanas previas a ese aumento, no dejaba de ver videos y publicaciones, y de escuchar a la gente hablar sobre el uso de silbatos para alertar a los demás cuando los agentes se encontraban cerca.

Había estado dudando sobre qué podría hacer para ayudar a sus vecinos, pero no sabía cómo hacerlo. Así que entró en Amazon y encargó más de mil silbatos.

Estos comenzaron a acumularse en su casa, con cajas amontonadas en el comedor. Entonces empezó a repartirlos directamente por el vecindario, especialmente entre los vendedores ambulantes y las personas con las que se cruzaba en su día a día. Relató que solía ir caminando por la zona preguntando a la gente: “¿Tienes tu silbato?”, y los entregaba gratis.

Comentó que llevaba silbatos consigo incluso cuando salía a hacer mandados a la farmacia Walgreens, y terminó regalándonos también a la gente de allí —incluso a los empleados—, quienes no preguntaron para qué servían los silbatos; simplemente le dieron las gracias. “Ellos saben para qué son”, afirmó.

Al verlo por el vecindario, la gente quería saber a qué organización pertenecía. Él respondía: “Lo siento, pero sólo soy yo”.

Sin embargo, eso lo llevó a crear una página en Facebook para que la gente pudiera seguir las actualizaciones y colaborar si así lo querían.

Él y algunas otras personas reunieron fondos para imprimir tarjetas informativas de “Conozca sus derechos” y crearon unos sencillos folletos bilingües con instrucciones sobre cómo utilizar los silbatos.

En su trabajo, aprovechó los recursos que tenía a su alcance —papel, impresoras, herramientas de diseño— para elaborar dichos materiales.

Rápidamente, esto se convirtió en un esfuerzo colectivo, con voluntarios reuniéndose para armar los kits y utilizando los silbatos para alertar a los vecinos en tiempo real. A medida que el grupo crecía, el trabajo se volvió constante, llenando sus días de tareas de organización, impresión y respuesta a los demás.

Comenzó a organizar reuniones en restaurantes locales, incluido el Aguascalientes, en el vecindario de La Villita. Los voluntarios se sentaban alrededor de las mesas armando los kits. En una ocasión, relató, llevaron un lote directamente a una escuela local, entregándolos  para que pudieran distribuirse de manera más amplia.

Un día, él mismo lo escuchó. Siguió el sonido de un silbato mientras conducía de camino al trabajo y encontró a una joven de pie en la calle, soplando el silbato en ráfagas cortas y explorando la cuadra.

Decidió detenerse y le preguntó qué había visto. Ella le señaló la dirección donde había visto a los agentes. Había otras personas allí cuando él llegó; a algunas las reconoció como vecinos del vecindario. Se estacionó cerca, tomó un megáfono de su automóvil y comenzó a grabar.

En un momento dado, les gritó a los agentes: “¡Lárguense de La Villita!”. Dijo que ese grito surgió de un lugar profundo, de algo instintivo y protector hacia el vecindario. A los pocos minutos, los agentes se retiraron y se marcharon.

Para él, fue uno de los ejemplos más claros de la eficacia de los silbatos. “Ese silbato tuvo mucho que ver… en cierto modo, te guiaba hacia el lugar”.

Hablé con él en diciembre, en un restaurante donde había estado armando kits de silbatos apenas unos días después de que los agentes se fueran de Chicago. Sin embargo, la urgencia de aquellos primeros días aún perduraba.

“Prácticamente no he tenido tiempo libre”, comentó. Dijo que, incluso cuando intentaba descansar, aquellos momentos seguían presentes en su mente.

“Estoy intentando encontrar el camino de regreso a casa, a quien soy en realidad”, dijo. 

Pero también comprende que algo en él cambió en esos meses y que las cosas ya no son las mismas. 

¿Qué tanto de esto es parte de quien soy ahora?

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Credit: Gaby FeBland

En Minneapolis, otro voluntario —Brian*— se incorporó a esta labor, aunque desde una perspectiva diferente. Vive en la zona de Powderhorn Park, en el sur de Minneapolis; un vecindario que describió como diverso y muy unido. Fue también uno de los primeros lugares donde se hizo visible la actividad de las fuerzas del orden durante el Operativo Midway Surge”, un operativo federal de control migratorio lanzado a principios de diciembre de 2025, el cual desplegó a más de 3,000 agentes federales —enmascarados y armados— por las calles de Minneapolis y St. Paul.

En aquel entonces, no estaba profundamente involucrado en las labores de respuesta rápida. Había participado en algunas iniciativas de ayuda mutua desde el 2020, pero no estaba vinculado a ningún grupo específico.

Su participación comenzó cuando vio a varios agentes desplazándose por su vecindario, persiguiendo a alguien calle abajo.

Muy cerca de allí, una joven permanecía de pie junto a un vehículo, acompañada de su hijo. Él y su pareja también se quedaron afuera, tratando de comprender lo que tenían ante sus ojos.

“Ahora me avergüenza un poco reconocer que no sonamos nuestros silbatos”, comentó, al describir lo temprano que era y la gran incertidumbre que se respiraba en el ambiente.

Se quedaron allí, observando. Más tarde, siguieron a uno de los vehículos durante varias cuadras, intentando averiguar hacia dónde se dirigía. Posteriormente, intentó hablar con la joven utilizando Google Translate. Así se enteró de que los agentes habían perseguido al padre del niño, quien había huido del vehículo. No supo qué pasó después de eso.

Los reportes no paraban. Llegaban alertas desde cuadras cercanas informando sobre otras personas que estaban siendo perseguidas, puertas que eran forzadas y vecinos que acudían al lugar. “Veías cada vez más historias como esta, ocurriendo justo cerca a casa a tu lado”, relató.

Fue entonces cuando decidió involucrarse.

Al principio, se unió a canales de comunicación en la aplicación Signal, asistió a las primeras sesiones de capacitación para observadores y se mantuvo atento a lo que sucedía. Sin embargo, a medida que más personas intentaban prestar ayuda, se hizo evidente para él que existía una enorme carencia.

La gente no sabía cómo ayudar.

“Había muchísima gente que quería involucrarse —dijo él—. Simplemente no sabían cómo”.

Así que asumió lo que él describe como un rol de conector.

A lo largo de las “Ciudades Gemelas”, ayudó a crear una extensa red que vincula a las personas con grupos locales, vías de acceso y sistemas de respuesta.

“Nosotros no organizamos los grupos —afirmó—. Nosotros aceitamos los engranajes”.

Explicó que, en Minneapolis, los vecindarios están muy dispersos y la gente dependía más de los vehículos y de la coordinación. No se podía contar con el simple hecho de que alguien estuviera cerca.

Tras el asesinato de Renee Good, y semanas después el de Alex Pretti, más personas comenzaron a ponerse en contacto, intentando involucrarse, y la necesidad de coordinación se volvió más difícil de manejar.

“Todo cambia constantemente”, agregó. “Hay que seguir adaptándose”. En el momento de mayor intensidad, comentó que dedicaba entre 60 y 70 horas a la semana a esta labor.

Con el paso del tiempo, los roles comenzaron a definirse. Algunos voluntarios recorrían los vecindarios en sus vehículos en busca de agentes federales. Otros permanecían en puestos fijos, vigilando escuelas, iglesias o corredores comerciales. Los coordinadores monitoreaban los reportes entrantes y le indicaban a la gente adónde dirigirse. Otros trabajaban tras bastidores, verificando la información antes de que esta se difundiera a un público más amplio.

Credit: Gaby FeBland

Y así, la tarea de conectar a las personas, de asegurar que quien quisiera ayudar tuviera un lugar adonde acudir,  se convirtió en su especialidad. No siempre estuvo a la vista, pero contribuyó a construir un sistema vital. Como inmigrante que es, comprendía el miedo que recorría la comunidad; por ello, brindar a la gente una tarea que realizar y una forma de actuar se convirtió en una labor fundamental.

Pensando en lo que viene, prevé que este trabajo siga creciendo: personas compartiendo lo que han aprendido, basándose en las estrategias de los demás y determinando qué funciona y qué necesita cambiar.

Para aquellas personas de otras ciudades que observan la situación, pero no saben por dónde empezar, su consejo fue sencillo.

Afirmó que la conexión transforma la manera en que las personas viven una crisis.

Para aquellos que no lo tienen, o que no se sienten capaces de reaccionar, la carga puede acumularse rápidamente, especialmente cuando reciben información pero no saben qué hacer con ella. “Cuanto más logres encontrar algo que hacer, mejor te sentirás”, afirmó.

“Encontrar algo que hacer al respecto —aunque sea algo pequeño— es mucho mejor que no hacer nada”, señaló.

“Lo mejor que se puede hacer, por encima de todo, es simplemente empezar a conocer a los vecinos… empezar a establecer vínculos con la gente”, dijo.

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Credit: Gaby FeBland

Otro rol en Minneapolis tomó forma en torno a la acción de presentarse en el lugar y documentar lo que ocurre en aquellos momentos en que los agentes entran en un vecindario para secuestrar personas, irrumpir en negocios o hostigar a los vecinos.

Michael Urbanski, del noreste de Minneapolis, se involucró por primera vez a principios de 2025, tras asistir a una capacitación para observadores legales apenas unas semanas después del inicio de la nueva administración; este fue uno de los primeros grandes puntos de acceso público a lo que acabaría convirtiéndose en una red mucho más amplia.

Más de mil personas acudieron a la cita; muchas de ellas —al igual que él— buscaban “algo más inmediato, algo que se sintiera más cercano que simplemente llamar a los funcionarios electos”. Ya había participado de manera informal en el activismo desde 2020, a raíz del asesinato de George Floyd a manos de un oficial de policía.

Un observador legal, tal como él lo describió, es alguien que se presenta en el lugar para documentar, para utilizar su presencia y su teléfono móvil con el fin de grabar las actuaciones de los agentes federales; a menudo, se trata de momentos que se desarrollan con gran rapidez y sin previo aviso. Según explicó, se trata de un rol estructurado, pero a la vez fluido. Uno puede acudir en respuesta a una alerta, o bien puede ir de camino a otro sitio, toparse con algún incidente y, en ese preciso instante, pasar a formar parte de la situación.

“Te presentas allí para grabar”, comentó. “No estás allí para provocar una escalada del conflicto”.

Con el paso del tiempo, su rol fue cambiando. Lo que comenzó como una simple acción de presencia física se transformó en la organización de las propias capacitaciones y, posteriormente, en la labor más discreta que se lleva a cabo tras bastidores: responder mensajes, canalizar las comunicaciones recibidas a través de la línea de emergencia, gestionar el flujo de información y llevar un registro de los lugares donde se requería la presencia de personas.

Cuando en diciembre ocurrió el aumento de la actividad, señaló que el número de alertas se disparó y que los sistemas que se habían ido construyendo a lo largo del año comenzaron a verse sometidos a una presión extrema ante la magnitud de los acontecimientos. Para el mes de enero, la intensidad de la situación había vuelto a cambiar.

“Me sudaban las palmas de las manos durante todo enero”, confesó.

En una parada de autobús en Minneapolis, Urbanski observó cómo cuatro vehículos se detenían velozmente alrededor de un hombre que permanecía allí solo, bloqueando el tráfico mientras los agentes descendían y formaban un perímetro. En cuestión de minutos, la gente comenzó a congregarse; algunos grababan, mientras que otros intentaban comprender lo que estaba sucediendo. Urbanski, presente en calidad de observador legal, se centró en documentar la escena.

Urbanski subrayó que esta labor es importante, pero también compleja. Por un lado, los observadores están allí para visibilizar aquello que, de otro modo, podría ocurrir sin testigos. Pero, por otro lado, explica, su presencia también puede atraer la atención hacia la persona involucrada, convirtiendo el peor momento de alguien en una situación aún más expuesta, al encontrarse uno en estrecha proximidad con la vulnerabilidad ajena.

“No quiero deshumanizar aún más a nadie”, afirmó, describiendo la delgada línea por la que intentaba transitar constantemente.

Credit: Gaby FeBland

Relató cómo permaneció de pie durante horas frente a una obra en construcción, observando y esperando para asegurarse de que los trabajadores pudieran terminar su jornada a salvo, después de que unos agentes se les hubieran acercado. Sabía que su presencia podría ser de ayuda, pero, al mismo tiempo, estaba en conflicto respecto a cómo percibirían ellos la situación. Cuando los trabajadores descendieron, le dieron las gracias; sin embargo, ese gesto fue algo que él no había buscado, pues no quería que sintieran que le debían nada.

A medida que esta labor se expande, también lo hacen las redes que la rodean. Las iniciativas de ayuda mutua han crecido a la par de los grupos de respuesta rápida, a menudo de manera discreta, construídas sobre la base de relaciones personales más que sobre estructuras formales; se trata de personas que organizan la entrega de alimentos, el apoyo para el pago del alquiler, el transporte y otras formas de ayuda que han hecho posible que otros puedan mantenerse a salvo o permanecer en sus hogares.

No obstante, esta labor también ha generado reacciones negativas. Urbanski comentó que algunas personas llamaban a la línea de atención telefónica únicamente para dejar mensajes hostiles, y que la bandeja de entrada del correo electrónico, destinada a la coordinación de capacitaciones, se llenaba de mensajes que los acusaban de ser delincuentes y terroristas domésticos. Relató, asimismo, que alguien le advirtió que una persona había permanecido sentada en un vehículo automóvil, con el motor encendido, en su propia calle; sin embargo, nunca llegó a saber quién era esa persona.

Urbanski había dejado su empleo en el ámbito de la ingeniería de software meses atrás, una pausa que ya tenía planificada; sin embargo, a medida que su nueva labor crecía, le resultaba cada vez más difícil imaginarse regresando a una ocupación que sentía totalmente desconectada de aquello a lo que se había estado dedicando.

“Sería sumamente difícil volver atrás”, aseguró.

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Alma Campos es la reportera de inmigración y editora de proyectos en el Weekly.

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