Bags of food to be distributed at the Greater Chicago Food Depository's pop-up food pantry in Auburn Gresham, May 12, 2020. Photo: Martha Bayne

¿Por qué es tan difícil llevar comida a los más necesitados?

Organizaciones intentan cerrar la brecha alimentaria de Chicago durante el COVID-19

Originally published on August 5, 2020, in English

Traducido por Gisela Orozco

En una soleada mañana de mayo, decenas de residentes de Chicago —conductores de autobuses, operadores de guarderías, trabajadores de la salud en el hogar, conserjes y jubilados—esperaron, algunos de pie, otros en sus autos, para recibir una despensa de comida en un evento organizado por el banco de comida Greater Chicago Food Depository (GCFD por sus siglas en inglés). Para muchos, esta fue la primera vez que hacían fila para recibir comida suplementaria.

Mientras esperaban cerca del estacionamiento de un Save-A-Lot cerrado en la calle 79 y Halsted, voluntarios de iglesias locales y de la Corporación de Desarrollo de Gran Auburn Gresham se apresuraban apilando cajas de frutas, verduras y productos secos en mesas plegables. Un camión que proyectaba video mostraba técnicas adecuadas de lavado de manos y distanciamiento social, así como gráficos con el recuento más reciente por raza de las muertes por COVID-19 en Chicago. Las comunidades negra y latina se han visto afectadas de manera desproporcionada, y Auburn Gresham tiene una de las tasas de mortalidad per cápita más altas de la ciudad. Desde el sistema de sonido, se escuchaba la voz de Bill Whiters cantando “Lean on Me”.

“¿Viene por comida?”, le preguntó un voluntario a una peatona que pasaba para luego señalarle el final de la fila en la calle 80.

En mayo pasado, escenas como esta se vieron por toda la ciudad cuando el GCFD que sirve al Condado de Cook lanzó una serie de eventos de repartición de despensas emergentes en los vecindarios del sur y oeste de la ciudad, no sólo Auburn Gresham, sino también en South Shore, Roseland, La Villita, Austin y otros lugares, incluyendo Guaranteed Rate Field, alias el parque de los Sox, en Bridgeport.

Antes de la pandemia estos y otros vecindarios predominantemente negros y latinos ya estaban en situación de inseguridad alimentaria, dijo Nicole Robinson, vicepresidenta de impacto comunitario del GCFD. “Hay un gran grupo de personas el sur y oeste de la ciudad que han tenido una historia de desafíos estructurales relacionados con [las tasas de] desempleo de dos dígitos, la vivienda, y la segregación racial que han hecho más difícil vivir una vida saludable, que incluye el acceso a alimentos nutritivos”, destacó.

Ahora, la necesidad va en aumento. 

En abril, la inseguridad alimentaria se duplicó en todo el país y se triplicó entre los hogares con niños, esto en comparación con las tasas previstas para marzo, según una encuesta de la Universidad de Northwestern. Un tercio de los encuestados anglosajones que tienen niños dijeron que tenían problemas con la inseguridad alimentaria, pero cerca del cuarenta por ciento de los encuestados latinos y negros que tienen niños reportaron problemas con los alimentos que se agotan y no tener suficientes recursos para comprar más. En el área metropolitana de Chicago, las tasas de inseguridad alimentaria aumentaron al veinticuatro por ciento.

A principios de abril, una noticia que fue ampliamente difundida, dio a conocer que en un día en Texas 10,000 autos se habían alineado en el sitio de distribución del Banco de Alimentos de San Antonio. Tales escenas distópicas todavía no han surgido en Chicago, pero en Auburn Gresham la línea de autos que esperaban desde las 10 a.m. se extendía tres cuadras al oeste.

“Lo que necesitábamos hacer era tener presencia y brindar a la comunidad algo que pudiera atender sus necesidades inmediatas, ya”, dijo Robinson. “Tenemos a mucha gente que están temporalmente suspendidos, recién desempleados, y tal vez no están familiarizados con nuestra red tradicional de despensa que podría estar en el sótano de la iglesia o en un centro comunitario. Y si no están conectados, no saben adónde ir”. 

Actividades como las del GCFD dejan una huella enorme en el panorama del alivio del hambre, lo que las hace excepcionalmente capaces de ampliarse en tiempos de crisis. Pero incluso antes de la pandemia, la distribución dispareja de recursos entre las despensas del norte y sur de Chicago dejó claro que aumentar la escala por sí sola no es suficiente para satisfacer necesidades cada vez mayores. Y una serie de barrios muy latinos en el noroeste y suroeste de la ciudad tienen relativamente pocas despensas de alimentos, a pesar de que esa población ha sido duramente afectada por la pandemia y sus impactos económicos derivados.

Con el impacto notable de la pandemia tanto en la cadena de suministro de alimentos como en la seguridad alimentaria de las personas, se espera que en todo el país las consecuencias para las organizaciones de ayuda para el hambre sean graves. Es probable que la demanda de alimentos suplementarios se refleje a lo largo de líneas demasiado predecibles de raza y clase.

En junio de 2020, poco después de que comenzaran los eventos de las despensa de alimentos, el GCFD publicó un mapa interactivo que describe la desigualdad en la ciudad y su estrategia de “equidad racial” para abordar la desigualdad en los tiempos de COVID-19.

Pero, ¿por qué tardó tanto?

Foto por Martha Bayne

En Chicago, en circunstancias normales, el GCFD no distribuye alimentos directamente a los residentes. En cambio, trabaja con una red de más de 700 despensas de alimentos, refugios, cocinas, iglesias y otras organizaciones en todo el Condado de Cook. Estas organizaciones compran productos secos, carnes, lácteos y frutas y vegetales a precios reducidos del depositorio, que opera un almacén de 280,000 pies cuadrados cerca de la Interestatal 55; la organización estima que mueve 200,000 libras de alimentos al día.

En 2019, el GCFD anunció sus planes de construir una nueva instalación a un lado de 40,000 pies cuadrados para albergar una cocina de preparación de alimentos y un centro de capacitación culinaria, diseñado para satisfacer el aumento anticipado de la demanda de asistencia alimentaria complementaria, a medida que envejecen los “baby boomers” (definidos como aquellos que nacieron entre 1946 y 1964).

Ahora, debido a la pandemia, los planes para la nueva instalación se han retrasado. Los recortes propuestos por la administración Trump al Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP por sus siglas en inglés, también conocido sencillamente como estampillas de comida), que habría obligado a unas 50,000 personas en el Condado de Cook a perder beneficios, también se han retrasado temporalmente, pero la red sin fines de lucro “Feeding America” predice que a nivel nacional, otros 17.1 millones de personas buscarán ayuda alimentaria en los próximos seis meses.

Y desde el 20 de marzo, cuando se implementó la orden estatal de quedarse en casa, cerca del treinta por ciento de las despensas de la red del GCFD han cerrado, algunas permanentemente.

Las despensas de barrio que permanecen abiertas se han apresurado a adaptarse.

Instituyeron prácticas obligatorias como el uso de cubrebocas y el distanciamiento social, e impusieron restricciones a la capacidad de los voluntarios. Antes de la pandemia, según Nicole Robinson, el GCFD estaba trabajando para implementar estrategias que tenían el objetivo hipotético (aunque improbable) de hacer obsoleto el banco de comida, tales como hacer que las familias se inscribieran en SNAP, que puede proporcionar “doce veces” más comida que una visita a una despensa y está conectado a los créditos del income tax. La planeada cocina comunitaria de Chicago también proporcionaría desarrollo de la fuerza laboral para las personas de las comunidades agobiadas por los altos niveles de desempleo. 

“Usábamos la comida como punto de conexión para que la gente trabajara, para que la gente se conectara a los beneficios a los que tienen derecho, eso lo haría menos estresante para que pudiéramos acortar la línea de la despensa”, dijo. “Nunca celebramos [el hecho de] tener largas líneas en una despensa. Queríamos que esa fila fuera más corta y realmente mantuviera a la gente fuera de la fila… Desafortunadamente, estamos en una situación en la que hemos dado algunos pasos hacia atrás”.

Historia y desigualdad

Los bancos de comida y las despensas de alimentos son un invento relativamente reciente; el primer banco de comida en el país se abrió en 1967 en Phoenix, Arizona, pero el concepto no despegó hasta principios de la década de 1980, gracias a los drásticos recortes de la administración Reagan a los programas de redes de seguridad social. Como Andrew Fisher señala en su libro “Big Hunger”, en 1979, había trece bancos de alimentos en EEUU. En 1989, había 180. En la última década, desde la crisis económica de 2008, los bancos de alimentos han duplicado su distribución; a nivel nacional, ahora distribuyen 5,250 millones de libras y sirven anualmente a 40 millones de personas.

En Chicago, entre junio de 2018 y junio de 2019, el número de despensas de alimentos aumentó cerca del sesenta y tres por ciento. Pero con un tercio de las 700 despensas de la red del GCFD, temporal o permanentemente cerradas desde el inicio de la pandemia COVID-19, pequeñas despensas con menos recursos se están encontrando a sí mismas haciendo un esfuerzo adicional para satisfacer una creciente constelación de necesidades.

Debido a que las despensas de comida de Chicago son administradas de manera privada, muchas de ellas por iglesias, no hay un sistema integrado para asegurar la equidad o asegurarse de que todos los vecindarios estén abastecidos adecuadamente. Algunos barrios de bajos ingresos con mucha necesidad, como Uptown en el norte, Humboldt Park en el oeste, y Roseland en el sur, tienen un número relativamente alto de despensas, según datos del IRS analizados por South Side Weekly.

Otras zonas de la ciudad tienen pocas, incluyendo el extenso suroeste; el corredor del suroeste de barrios como Brighton Park, McKinley Park, La Villita, Gage Park y Archer Heights; y los barrios del noroeste, como Avondale, Albany Park y Hermosa. Todas estas regiones son el hogar de muchas comunidades de inmigrantes latinos de clase trabajadora, una población que tiene el mayor número de casos de COVID-19 en el estado. La disparidad en la distribución de las despensas ha persistido incluso a medida que en los últimos dos años han abierto más.

Además de la comida que el GCFD vende a bajo costo a las despensas, el depositorio también les dona alimentos. Las declaraciones del IRS muestran la cantidad de comida donada como “asistencia no monetaria”. South Side Weekly examinó el formulario 990 del IRS del GCFD de 2018-2019 para recaudar información sobre todas las organizaciones en Chicago que reciben más de $5,000 en asistencia no monetaria, y mostró la información en el mapa interactivo que se muestra.

Mapa por Kari McMahon

 

En 2018-2019, según el documento, el GCFD proporcionó asistencia no monetaria a 499 organizaciones, principalmente despensas de alimentos, en Chicago. De las 499 organizaciones, 113 recibieron más de $100,000 de asistencia no monetaria; 89 recibieron entre $50,000 y $100,000; 60 recibieron entre $25,000 y 50,000 dólares; y 217 recibieron entre $5,000 y $25,000. (El GCFD no enumera a las organizaciones que reciben menos de $5,000.)

Greg Trotter, portavoz del GCFD, señaló que “la cantidad de alimentos que un socio recibe depende de numerosos factores, incluyendo su capacidad, frecuencia de distribución, el número de personas que sirve y cuánto eligen pedir”. Muchos de los puntos rojos, señala, son también programas de comida para niños, que son típicamente más pequeños en escala que una gran despensa de alimentos.

Aún así, Rebecca Sumner Burgos, coordinadora de participación comunitaria en La Casa Norte, una despensa de alimentos y organización de servicios sociales que trabaja en Humboldt Park y Las Empacadoras, constató que cuando utiliza la función “find food” (“buscar comida”) en el sitio web del GCFD, hay muchos proveedores en algunos barrios y muy pocos en otros, especialmente en partes del oeste y sur. Por ejemplo, el buscador enumera sólo dos despensas en South Shore, pero siete en Logan Square, donde el ingreso medio es de 75,333 dólares en comparación con los 28,890 dólares de South Shore.

Incluso en los barrios que aparecen en la base de datos como “bien servidos” por las despensas de alimentos, los suministros pueden no ser suficientes para satisfacer la demanda, y el acceso puede ser difícil para las familias que navegan para obtener transporte o que corren el riesgo de enfrentar la violencia cuando se aventuran a salir. Estas barreras sólo se ven agravadas por la pandemia, cuando viajar en transporte público se ha vuelto muy riesgoso para las personas especialmente vulnerables a la enfermedad, y los vecinos o familiares pueden ser menos capaces de ayudar porque tienen hijos en casa o sus propios problemas de salud.

Una red de grupos de ayuda mutua situados en el barrio ha surgido para ayudar a proporcionar alimentos a las personas necesitadas durante la pandemia; grupos comunitarios como Teamwork Englewood y R.A.G.E. (Asociación Residente de Greater Englewood), y muchos otros, están agregando la provisión y entrega de alimentos a la multitud de servicios que ya ofrecen con un diminutivo presupuesto.

A raíz de las protestas de finales de mayo contra la violencia policial y la injusticia racial, cuando la amenaza de saqueo y vandalismo cerró temporalmente las pocas tiendas de comestibles, bancos y otros negocios existentes, los esfuerzos de distribución de alimentos de base comunitaria vieron otro fuerte aumento, muchos de ellos dirigidos por jóvenes activistas negros y latinos. Pero aún no está claro cómo pueden mantenerse tales esfuerzos a largo plaza, y si es posible que sean suficientes para satisfacer la enorme y creciente necesidad en los barrios necesitados.

Desafíos

Con la distribución desigual de recursos bien documentada, vale la pena preguntarse por qué cerrar la brecha parece ser un problema sin solución.

Para algunas organizaciones, simplemente tener espacio para funcionar ya es un obstáculo, al igual que los requisitos y el papeleo para establecer el grupo como una organización sin fines de lucro, un requisito para participar en la red del GCFD. Es por eso que tantas despensas operan bajo el paraguas sin fines de lucro existente de iglesias u organizaciones religiosas, dijo Ryan Maia, voluntario de AmeriCorps en La Casa Norte que investiga la idea de “la comida como medicina”, la idea cada vez más prominente de que asegurarse que las personas tienen alimentos asequibles y saludables mejorará sus condiciones de salud.

En esos casos, “la propia organización ya existe”, dijo Maia. “Pero si estás tratando de crear algo nuevo en un área que no tiene proveedores de alimentos de emergencia, ¿dónde vas a obtener el dinero? ¿Quién te va a dar un cheque por $100,000?”.

Las despensas que funcionan desde sótanos de iglesias y cocinas pueden tener más flexibilidad y menos burocracia que las organizaciones sin fines de lucro que forman parte de la red de GCFD, pero con recursos escasos y edificios viejos, a menudo luchan por servir a sus comunidades. Es posible que sólo estén abiertas los fines de semana, o simplemente no tienen los recursos o la capacidad para realizar un programa robusto. El análisis de South Side Weekly mostró que de las 499 despensas de alimentos listadas en Chicago en 2019, más de 170 —más de un tercio— se operaron desde las iglesias.

Por ejemplo, en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe ubicada en el sureste, algunos voluntarios almacenan alimentos que no se vencen, ropa y otros suministros de emergencia en una pequeña habitación, esto para ayudar a los ancianos y residentes de bajos ingresos de la que alguna vez fuera una comunidad próspera y que ha luchado económicamente desde que las plantas de acero cerraran hace décadas. Al trabajar con aliados en una coalición llamada South Chicago Food Network, tratan de llegar a personas que pueden estar confinadas, escépticas o sospechosas de los esfuerzos de ayuda, y que no están acostumbradas a obtener o cocinar alimentos saludables y frescos.

El objetivo es ayudar a los residentes no sólo con alimentos, sino también con conexiones con recursos de vivienda, inmigración y los servicios de salud mental. En una reunión en el sótano de la iglesia en los primeros días de la pandemia, un grupo de mujeres comieron yogur, arándanos y barras de granola mientras recordaban una exitosa feria de salud que realizaron el año pasado, planeando llegar a los residentes, y lamentando la situación difícil de las personas que no pueden viajar a las tiendas en otras comunidades o a Indiana, incluso aunque tengan dinero para gastar en comestibles. La despensa no está conectada con el GCFD, por lo que dependen casi por completo de donaciones privadas. Aunque están agradecidos, no siempre es lo ideal. 

“[Los donantes] te dan garbanzos, cajas durante meses, pero la gente ya no quiere garbanzos”, dijo Vanessa Molina, directora de despensa de alimentos de la iglesia. “Conectar a la gente con recursos en las despensas es un buen movimiento porque la gente no sabe lo que hay afuera. Están muy aislados, no saben a quién preguntarle”.

Molina señaló que el 15 de julio, la Iglesia Católica St. Kevin ubicada en el sureste, regaló alimentos como sandía, repollo, leche y carne, pero pocos residentes se presentaron. “Está en Facebook, pero mucha gente no tiene Facebook”, dijo Molina, quien junto con otros en Nuestra Señora de Guadalupe, imprime volantes que listan despensas de comida en el área. “Hay cosas que dar, es sólo que la gente no está consciente. Es [información que va] de boca a boca”. 

En la primavera, Nuestra Señora de Guadalupe cerró su despensa por varios meses; reabrió a principios de julio entregando cajas de comida por una puerta en el callejón junto a la iglesia. En el suroeste otras despensas situadas en iglesias están en el proceso de averiguar cómo reabrir de forma segura. 

Mientras tanto, la Despensa de Comida de Pilsen (Pilsen Food Pantry), que tiene dos años funcionando, ha permanecido abierta durante toda la pandemia, e incluso en medio del cierre se trasladó a la Parroquia Croata Romana de la Santísima Trinidad ubicada en el 1850 S. Throop, manteniendo su horario de servicio cinco días a la semana. Han visto un pico de tráfico de hasta 260 familias a la semana, pero, según dijo su fundadora, la Dra. Evelyn Figueroa, actualmente las cosas se han estabilizado con [un promedio de] 220 familias y, “cada día que hay uno de esos eventos (de repartición de alimentos), si el concejal o una iglesia es el anfitrión, nuestros números se reducen por cerca de treinta familias”.

Aunque dentro del edificio la gente no está autorizada para recoger y elegir sus comestibles como antes, son capaces de hacer un pedido con un trabajador, y luego la orden es llenada por un voluntario que trabaja en la parte trasera del lugar.

“En este momento, es como la ciencia. Funciona muy bien”, dijo Figueroa, señalando que para ella era importante tratar de mantener la dignidad de la experiencia.

Lo que no funciona tan bien es el edificio, propiedad de la Arquidiócesis de Chicago, que recientemente ha cerrado y fusionado varias iglesias en Pilsen. “Cuidar estos edificios viejos cuesta mucho dinero”, señaló Figueroa. “Es un edificio de 110 años. No tiene ascensor, no es accesible a la ADA (siglas en inglés de la ley para personas con discapacidades), tuvimos que construir una rampa. El ‘boiler’ está roto, las ventanas son terribles”.

A raíz de los disturbios del 31 de mayo tras el asesinato de George Floyd, la despensa vio un aumento en las donaciones monetarias. Pero todavía no es suficiente. Tal vez lo más importante, también vieron un aumento en los voluntarios, pero averiguar cómo aprovechar ese entusiasmo a largo plazo es un desafío.

“Mucha gente estaba muy motivada después de los disturbios y se inscribió con un mes de anticipación, y cuando te pones en contacto obtienes un gran número de cancelaciones el día anterior que hace que sea muy difícil de manejar”, dijo Figueroa. “Esto es muy difícil. Porque esto es para las personas más vulnerables, y en realidad es sólo un turno de tres horas, así que es muy decepcionante cuando la gente no entiende que una despensa de alimentos funciona por medio de voluntarios; no tenemos dinero”.

Innovación y expansión

El GCFD ha buscado maneras de aprovechar la tecnología para mover la aguja en temas de inseguridad alimentaria, incluso antes de la pandemia, y tales innovaciones podrían ahora ser aún más importantes. En noviembre de 2019, el depositario anunció que se había asociado con McKinsey, una firma de consultoría de gestión, para crear un panel de seguimiento que clasificaría las áreas en términos de mayor y menor necesidad, ayudándoles a decidir a qué áreas darles prioridad.

Otras iniciativas han incluido contar con un chatbot en asociación con Here360, que recomienda recursos alimentarios cercanos, y un modelo de optimización de alimentos, esto en colaboración con McKinsey, que ayuda a gestionar la distribución de productos frescos.

El depositario no es el único que trata de pensar de manera innovadora sobre cuestiones de seguridad alimentaria y distribución. En enero, Burgos y Maia dijeron que querían explorar asociaciones de “alimentos como medicina” con hospitales locales y servicios de salud como AMITA Health y Howard Brown Health. Los servicios podrían remitir a los pacientes a la despensa de La Casa Norte. A su vez, La Casa Norte también esperaba implementar un nuevo servicio de derivación llamado NowPow, que les permitiría proporcionar y rastrear las conexiones a otros servicios comunitarios como refugio, atención médica y servicios sociales.

“Algo con lo que muchos proveedores de servicios de emergencia de alimentos luchan es que el hambre no es lo único que está sucediendo, ¿cierto?”, dijo Burgos. “Es parte de la constelación”.

En marzo de 2019, La Casa Norte lanzó un nuevo mercado de alimentos frescos en colaboración con Lakeview Pantry, una de las despensas de alimentos más antiguas de Chicago, en un esfuerzo por servir a una gran parte de la ciudad. La asociación surgió de un plan estratégico de cinco años construido con Boston Consulting Group, una firma de consultoría de gestión.

En 2019, Lakeview Pantry cubrió trece barrios, atendió a 9,000 clientes únicos y recibió $1.56 millones en donaciones de alimentos en especie de GCFD y tiendas como Trader 

Joe’s y Whole Foods. Lakeview Pantry ha desarrollado una base lucrativa de donantes: el 73 por ciento de las donaciones monetarias de la despensa provienen de individuos. Las donaciones monetarias de individuos y donaciones representaron $2.5 millones en ingresos en 2019. La financiación individual permite que la despensa sea flexible e innovadora en sus modelos.

“Podemos ser muy creativos”, dijo Jennie Hull, directora de programas de Lakeview Pantry. “Creo que esta área nos ha bendecido. Quiero decir, que hemos permanecido casi cincuenta años. Creo que la gente nos conoce, y hemos tenido mucha suerte de tener tantos donantes individuales”.

Con el paso de los años, Lakeview Pantry ha puesto en marcha nuevos servicios que incluyen asesoramiento en salud mental, entrega de alimentos a domicilio, sesiones de asesoramiento profesional y eventos de despensas en hogares de atención a largo plazo.

Mientras tanto, el nuevo almacén de 10,000 pies cuadrados que Lakeview Pantry abrió el año pasado en Ravenswood, llamado The Hub, podría ser un modelo para las despensas del futuro. De alta tecnología y eficiente —equipado con refrigeradores comerciales y una cocina con una máquina de café de lujo— el almacén le permite a Lakeview Pantry servir a las personas que viven en otros barrios a través de un sistema de pedidos por internet. La gente de cualquier parte de la ciudad y los suburbios puede pedir comida en The Hub, siempre y cuando puedan llegar ahí para recogerla, un desafío potencial ya que no es fácilmente accesible en transporte público.

“Puedes ir [en línea] y elegir lo que quieras y luego simplemente llegar y recogerlo”, dijo Hull. “Si vas a nuestros otros lugares, y es un día ocupado, vas a esperar de dos a tres horas”.

Desde que comenzó la pandemia, restaurantes y cafeterías como Starbucks han adoptado un modelo donde la gente ordena en línea y recoge su comida, a menudo en un sistema “sin contacto” o con poco contacto humano para evitar transmitir el virus. Este modelo podría ser cada vez más una opción para las despensas de alimentos como Lakeview Pantry, lo que les permite servir de manera más eficiente a una gama más amplia de clientes, incluso durante un bloqueo pandémico.

Mientras que la tecnología y la innovación pueden ayudar a las despensas de alimentos a agilizar sus operaciones y aumentar la eficiencia, los veteranos del trabajo de servicios sociales saben bien que los desafíos interconectados que enfrentan las comunidades pobres, vulnerables y marginadas, no se prestan necesariamente a un enfoque basado en la eficiencia. Es probable que se trate de “todo lo anterior”, donde se necesitan programas de distribución de alimentos ampliados, centralizados, basados en datos e innovadores, pero donde al mismo tiempo no hay sustitutos para las organizaciones de base o las iglesias que están profundamente arraigadas en sus comunidades.

La elección del cliente

Un día a finales de enero, una multitud silenciosa llenó la entrada y la sala principal del Centro de Necesidades Humanas Básicas de Casa Catalina, ubicado en Las Empacadoras. Después de estar cerrada por tres meses para hacer renovaciones, la despensa se reabrió con un nuevo sistema de “elección del cliente” para distribuir alimentos que permite a la gente “comprar” opciones tanto como lo harían en un supermercado, como una manera de quitarle el estigma a la necesidad de asistencia alimentaria. Rociando agua bendita, el padre Gerard Kelly, capellán de Caridades Católicas, bendijo el espacio, “para que el buen trabajo aquí continúe”, dijo.

Entre sus 10,000 visitantes al año sin duplicar, Casa Catalina atiende a una población mayoritariamente inmigrante, muchos de ellos indocumentados. Alrededor de un tercio de los residentes de Las Empacadoras son nacidos en el extranjero, y un tercio de los hogares de la comunidad ganan por debajo del umbral de pobreza.

Pero a pesar que la necesidad de alimentos se ha intensificado en todo Chicago, Casa Catalina ha visto un descenso en los participantes, dijo Sharon Tillman, directora de Servicios de Apoyo Familiar para Caridades Católicas. Muchos clientes temen que incluso en la despensa serán el objetivo de las fuerzas de inmigración del gobierno federal, explicó.

“Ellos pueden confiar en nosotros, pero ¿cómo saben lo que les va a pasar?”, añadió Tillman.

Irónicamente, Casa Catalina pasó tres meses renovando su espacio para lanzar el “modelo de elección del cliente”, justo antes de que la pandemia obligara a todas las despensas de alimentos de toda la ciudad a abandonar ese proceso. En enero, el ambiente en ese día de apertura mostró el importante papel que juega la despensa en el barrio, y la gran necesidad que hay de sus servicios.

Varios pasillos similares a los supermercados estaban llenos de productos enlatados, cereales y otros productos secos, junto con varios congeladores de carne. Después de la oración, los clientes llenaron el grupo de sillas adentro mientras una línea se formaba en la acera afuera en el frío del invierno. Uno por uno, los voluntarios de la despensa —ese día, una mezcla de monjas de edad avanzada y vecinos, junto con jóvenes universitarios— llamaron a los números de los clientes y procedieron a ayudarles a “comprar” comida.

Mientras esperaba su turno, Darrell Price se inclinó en un carrito de compras, calzando botas altas para diabéticos con suelas muy acolchadas. Al recibir sólo $16 al mes a través de su tarjeta de Illinois Link, dijo que deseaba recoger algo de carne de res y otras proteínas. Anteriormente, agregó, las bolsas preparadas que la despensa solía entregar no siempre se ajustaban a sus necesidades dietéticas, ofreciendo artículos hechos con aditivos, como el jarabe de maíz, algo que no podía comer.

“Soy diabético”, dijo Price. “Así que ahora puedo elegir lo que quiero, como fruta fresca y pan”.

Seis meses después, pasear por los pasillos, charlar con voluntarios y elegir comida de los estantes, es cosa del pasado. Los comestibles ahora vienen en cajas prepagadas del GCFD y se distribuyen por la puerta trasera del edificio a los clientes que esperan en filas socialmente distanciadas en el callejón.

Ahora el objetivo es reducir el contacto entre voluntarios y clientes, y así reducir el riesgo de propagación del coronavirus. En tanto, la base de voluntarios de larga duración del centro se ha reducido y el número de trabajadores (ahora principalmente pasantes) permitidos en el edificio al mismo tiempo es estrictamente limitado. Con tan pocos trabajadores, “ha sido difícil hacerlo todo”, dijo la supervisora Sharon Holmes, quien se hizo cargo en mayo. “Porque créanme, hemos estado trabajando”. Tillman dijo que desde abril de 2019, la agencia en su conjunto ha visto un aumento del 62 por ciento. 

¿El futuro?

Durante los últimos años, el GCFD ha trabajado para utilizar los datos y así comprender mejor la inseguridad alimentaria y asignar recursos de manera más eficaz. “Al mismo tiempo”, dijo Greg Trotter, “también nos hemos comprometido a poner la equidad racial a la vanguardia de nuestra toma de decisiones. Estamos comenzando este viaje”.

A mediados de julio, el banco de comida anunció planes para desembolsar $1.3 millones adicionales en donaciones de emergencia de fondos estatales y del GCFD a socios comunitarios, la mayoría de ellos sirviendo a comunidades negras y latinas de bajos ingresos en todo el condado de Cook. La gran mayoría de los fondos de la subvención, dijo Trotter, se distribuyeron a finales de julio. De todos modos las comunidades siguen haciendo las cosas por su cuenta.

El 4 de junio, con el sur y oeste tambaleándose a raíz del vandalismo y el saqueo tras las protestas contra el asesinato de George Floyd, un grupo formado para este propósito se reunió en el estacionamiento de un centro comercial en la calle 54 y Wentworth y regaló 500 pollos. Los organizadores, que incluyeron a Todd Belcore, director ejecutivo de la organización sin fines de lucro Social Change, la jueza del Tribunal del Circuito del Condado de Cook, Erika Orr, y Ta’Rhonda Jones, actriz de la serie “Empire”, se habían reunido justo esa semana cuando fueron llamados a una reunión con la alcaldesa Lori Lightfoot en la sede del Departamento de Policía de Chicago. La alcaldesa no se presentó, pero el grupo decidió unir fuerzas por su cuenta para hacer algo bueno. Kasey Rush, la hija del representante Bobby Rush, ofreció la oficina de campaña de su padre (más tarde se reveló como el sitio donde los oficiales de la CPD se relajaron durante el saqueo del 31 de mayo) como un centro de comando y tres días más tarde estaban funcionando.

Además de los pollos donados por Tyson, el grupo distribuyó frutas y verduras, cereales, donas y pañales. Fue un asunto decididamente de baja tecnología, con la comida amontonada sobre lonas en el asfalto. También contribuyeron voluntarios de otros grupos comunitarios como R.A.G.E. y, en total, sirvieron a aproximadamente 800 personas, dijo Jones.

Antes de la pandemia, Social Change se centró principalmente en amplificar las voces de la comunidad para afectar las políticas públicas, tratando de impulsar que el gobierno estatal y local haga frente a la desigualdad racial y económica. Pero ahora mismo, dijo Belcore, “la gente está sufriendo y queremos hacer todo lo posible para responder a ese dolor. Somos una organización política, pero si tenemos que reunir pañales y verduras, eso es lo que haremos”.

Voluntarios de La Casa Norte e Increase the Peace distribuyen cajas en Las Empacadoras. Foto por Martha Bayne

Los sentimientos de Belcore se hicieron eco el 10 de julio por Berto Aguayo, cofundador de Increase the Peace, un programa antiviolencia situado en Las Empacadoras. Increase the Peace no suele estar en el negocio de la distribución de alimentos, pero cuando la pandemia golpeó, el grupo movilizó a sus voluntarios para ayudar en Casa Catalina. Después del saqueo y los disturbios, el grupo comenzó a organizar su propia “unidad de negros y latinx” un evento de despensa de alimentos en asociación con grupos como, en ese día, La Casa Norte.

Algunos residentes de Las Empacadoras no están dispuestos a ir a una despensa tradicional, dijo Aguayo, porque no pueden o no quieren proporcionar identificación o información sobre su lugar de residencia. A veces simplemente se desaniman por horarios poco convenientes que, durante la pandemia, pueden estar en cambio constante. O tal vez, dijo, simplemente no se sienten bienvenidos.

Increase the Peace es conocido en el barrio por sus convivios con adolescentes y otras actividades de “merodeo positivo” diseñadas para reducir la violencia armada; durante el saqueo del 31 de mayo, los voluntarios estaban en la calle 47 tratando de proteger a los negocios locales. Cuando grupos más establecidos como este se dedican a la distribución de alimentos, sin hacer preguntas, dijo Aguayo, pueden hacer que los residentes se sientan seguros porque ya existe una relación de confianza.

A principios de junio, según dijo Julia Ramírez, organizadora de Increase the Peace, hubo una oleada de entusiasmo de personas ansiosas por ayudar, pero esa energía se ha disipado.

“Eso siempre sucede. Es específicamente, como cuando la gente del norte se acercaba… y ya no ves eso. Ya no hay esa prisa y esa urgencia”, dijo. “Pero las organizaciones que no tienen despensa o distribución de alimentos, creo que esa tiene que ser una de sus principales iniciativas para avanzar”.

“Estamos tratando de dar el ejemplo de cómo podría ser una despensa emergente de comida para otras organizaciones”, dijo Aguayo. “Lo que visualizo para el GCFD, Caridades Católicas, o estas otras grandes organizaciones, es que deben salir de sus sitios de ladrillo y conocer a la gente donde está, reunirse con ellos en la esquina de la calle”.

“Al igual que muchas organizaciones, tuvimos que dar un giro para satisfacer las necesidades básicas”, agregó, mientras una línea de voluntarios transportaba 1,200 cajas de frutas y verduras al otro lado de la calle desde el estacionamiento del Huntington Bank a mesas instaladas junto a la tienda de La Casa Norte en el albergue juvenil de la 47 y Hermitage.

“Especialmente después de los disturbios, nos dimos cuenta de que no podemos enseñar a la gente sobre políticas y organización comunitaria si tienen hambre”.

Este reportaje fue producido a través de una colaboración entre el South Side Weekly y la especialidad en Justicia Social-Investigación de la Facultad de Periodismo Medill de la Universidad de Northwestern.

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Martha Bayne es editora del Weekly. Su reportaje anterior fue sobre la cronología y la respuesta policial a las protestas del 30 de mayo del caso George Floyd.

Kari McMahon es una periodista escocesa que cubre negocios y tecnología. Actualmente estudia en la Facultad de Periodismo Medill de la Universidad de Northwestern.

Maura Turcotte es una periodista de Los Angeles que estudia en la Facultad de Periodismo Medill de la Universidad Northwestern. Tuitea en @mcturcotte. El artículo anterior que escribió para el Weekly es sobre la muralista Brenda López.

Kari Lydersen lidera la especialidad de Justicia Social-Investigación en el programa de periodismo de posgrado de la Universidad Northwestern; trabaja como periodista y autora cubriendo temas como energía, política y más. 

 

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