Mexican Revolution in Chicago Book Cover. Courtesy of Flores and UI Press
Mexican Revolution in Chicago. Courtesy of Flores and UI Press

Las formas de empoderamiento de los mexicanos en Chicago

Diferentes sectores de migrantes mexicanos fueron a principios del siglo XX los responsables de la construcción de las identidades mexicanas en la ciudad, según se detalla en el libro ‘The Mexican Revolution in Chicago’

Originally published on January 20, 2021 in English

Traducido por Gisela Orozco

Desde los denominados “locos años veinte” hasta los años sesenta de la Guerra Fría, los mexicanos en el área de Chicago formaron una sociedad diversa y pluralista donde se unían los aspectos políticos, culturales y religiosos, sembrando la civilización mexicoamericana contemporánea de la región. Diferentes sectores de migrantes mexicanos, a veces opositores —liberales, tradicionalistas y radicales— fueron los responsables de la construcción de las identidades mexicanas locales y de sus ideas políticas revolucionarias.

Controlaron, desarrollaron y diseminaron las narrativas de los mexicanos en Chicagolandia (definido como el área geográfica que incluye Chicago, East Chicago y Gary, Indiana). El libro “The Mexican Revolution in Chicago: Immigration Politics from the Early Twentieth Century to the Cold War”, del autor Dr. John H. Flores y publicado en 2018 por la editorial University of Illinois Press, deconstruye y descentraliza las narrativas en relación a la revolución mexicana en la región de Chicago, para que los estadounidenses que quieren asimilar la presencia mexicana en Chicago y el Medio Oeste.

Flores, profesor asociado de historia en la Universidad Case Western Reserve, hace un perfil de quienes fueron las piezas clave y los precursores al elevar las anécdotas históricas y presentar datos cuantitativos. Descifra la historia mexicana de Chicago con experiencia técnica. Flores analiza 3,110 registros de naturalización de 1900 a 1940, que es hasta la fecha, el censo histórico de naturalización “hispana” más grande en Estados Unidos. Desentierra y examina los datos del censo, los registros parroquiales, los directorios de la Municipalidad y las licencias de matrimonio. 

Descubre un total de al menos 75 sociedades de inmigrantes que hablan español que existieron entre 1900 y 1940. Flores concluye: “en resumen, algunos mexicanos pueden haber desarrollado una identidad nacional en Chicago, pero este libro sugiere que no fue tanto que se hicieron mexicanos en Chicago como se hicieron más liberales, tradicionalistas o radicales”.

Las historias del movimiento por el sufragio, el movimiento por los derechos de la comunidad gay y el movimiento por los derechos civiles son abundantes hoy en día, sin embargo en Chicago, hogar de una de las poblaciones mexicanas más grandes de Estados Unidos —el grupo étnico no blanco más grande en Estados Unidos— la experiencia mexicana es en su mayoría desconocida, inmaterial y mal entendida. Flores concluye su introducción afirmando que, “este libro demuestra que la revolución [mexicana en Estados Unidos] fue un fenómeno verdaderamente transnacional que se extendió desde la Ciudad de México y el Bajío [centro de México] hasta Los Ángeles y Chicago”.

Durante décadas, la narrativa mexicanoamericana ha sido documentada y reportada en forma de arte narrativo y académica. Por ejemplo, en el libro “We Are Americans: Voices of the Immigrant Experience”, publicado en 2003, Dorothy y Thomas Hoobler señalan que: “a finales de la década de 1920, los inmigrantes mexicanos estaban recogiendo la cosecha de betabeles en Minnesota, ensamblando automóviles en Detroit, empacando pescado en Alaska, colocando vías de tren en Kansas y empacando carne en Chicago”. Los Hoobler también expusieron la historia política mexicana de Los Ángeles al identificar al alcalde de Los Ángeles de 1853, Antonio Franco Coronel, un migrante mexicano que emigró con su padre en 1834 y que trabajó en las minas de oro de San Francisco.

La narrativa mexicana no es una narrativa que tiene fin, sino una narrativa profundamente personal que es paralela con o difusa en la vida actual de cada estadounidense.

Identidades políticas mexicanas

El inicio de la revolución mexicana en Chicago comenzó inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial y disminuyó durante la década de 1960. Durante este tiempo, dos guerras mundiales y la Gran Depresión tuvieron a los Estados Unidos y al mundo en crisis. La Primera Guerra Mundial agotó la mano de obra inmigrante europea que minaba, recogía, empaquetaba y en gran medida, ayudaba a construir Estados Unidos; como resultado, las empresas estadounidenses se dirigieron a México en busca de mano de obra económica. 

Mientras tanto, al otro lado de la frontera, ocurría una Revolución Mexicana distinta. En México, la dictadura del presidente Porfirio Díaz duró de 1876 a 1911. Díaz “estuvo cumpliendo un mandato presidencial consecutivo tras otro, bajo la fachada de la democracia en México”, según Flores, aunque durante su mandato, la población de México creció a 13.5 millones. Más de un millón de sus residentes vivían una vida de clase media, sólo el ocho por ciento de la población.

Para 1930, la población mexicana de Chicago llegó a los 20,000 habitantes, estima Flores. Esto se debió en parte a que “las empresas estadounidenses [se volvieron] hacia los mexicanos, y el gobierno federal cediendo a los empresarios estadounidenses que permitían la inmigración mexicana a los Estados Unidos casi sin restricciones” durante la década de 1920. Además, el Programa Bracero (1942-64) fue un contrato laboral transnacional entre Estados Unidos y México; una escasez de mano de obra durante la Segunda Guerra Mundial originó la necesidad de mano de obra barata e importada. En total, el programa obtuvo 4.5 millones de contratos mexicanos de trabajo y más de 2 millones de braceros que emigraron legalmente por temporadas. 

El programa era solo para hombres; las mujeres no eran contratadas como braceros. Por último, la mayoría de los braceros emigraron del Bajío (Centro de México) pero no traían la política revolucionaria de sus connacionales anteriores.

A pesar del considerable crecimiento del poder del presidente Díaz en México, la tensión no conciliada entre la iglesia y el estado (en este caso tradicionalistas y liberales) también sirvió como un nexo para la inmigración mexicana. El éxodo católico mexicano a Chicago ocurrió después de la Guerra Cristera (1926-29), levantamiento en respuesta a las medidas represivas del gobierno sobre la Iglesia Católica. En Chicago, liberales resilientes que sobrevivieron las tribulaciones de la Gran Depresión, se volvieron radicales. Los mexicanos se volvieron radicales porque todavía estaban en posiciones precarias veinte años después de haberse establecido en Chicago.

Los mexicanos liberales estaban abiertamente inactivos en el ambiente político norteamericano. En esencia, usaron marcos e instituciones estadounidenses y una combinación retórica de protesta y reforma para avanzar en sus agendas. Se rehabilitaron colectivamente, contemplaron su alienación compartida y se identificaron orgullosamente como mexicanos, aceptando su identidad mestiza.

Aunque eran una comunidad marginada, rechazaron la ciudadanía estadounidense. Además, según Flores, “adoptaron el término ‘hispano’ porque creían que el idioma español facilitaba la unidad y la construcción de coaliciones entre latinoamericanos de una manera que ninguna otra característica podía” en ese entonces. Los liberales eran el grupo más dinámico en el sentido de que eran una mezcla de radicales, católicos, elitistas, clase media y clase trabajadora.

Los liberales elitistas abogaban por políticas que eran incongruentes a la movilidad de la clase trabajadora liberal, dependían demasiado en el gobierno y se daban gusto con eventos de lujo y estilos de vida de clase media alta. Por su parte, los liberales de clase media sostenían programas de reforma comunitaria, establecieron una prensa liberal mexicana y establecieron sociedades (fraternales) y mutualistas (grupos de ayuda).

Los tradicionalistas mexicanos eran católicos devotos, comúnmente conservadores y se fundamentaban con la ideología político-religiosa. Mantuvieron una interpretación chauvinista occidental de la colonización de México y evitaban el discurso del imperialismo de Estados Unidos Su interpretación del discurso de género era franca: estaban inextricablemente casados con la demagogia católica y mantenían “una ideología patriarcal que elevaba a los hombres por encima de las mujeres y elevaba a Dios, a Cristo y al clero católico por encima de los laicos”, dijo Flores.

Los tradicionalistas buscaron la naturalización a tasas considerablemente más altas que los liberales y radicales, un boleto a la soberanía católica. Además, su participación en el Congreso y su capacidad para moldear, escribir y controlar su historia estadounidense los clasifica como pioneros de la identidad mexicanoamericana en Chicago. Por ejemplo, Basil Pacheco era un tradicionalista de East Chicago que ayudó a sindicalizar junto a radicales, y luego de obtener la ciudadanía, se unió al Partido Demócrata en 1942 y facilitó la reelección del presidente de Estados Unidos, Franklin D. Rooselvet.

Los radicales mexicanos también variaban. Eran comunistas, socialistas, marxistas y neoliberales. La administración del presidente de México, Lázaro Cárdenas (1934-1940), sintetizó una generación de disidentes que transmitieron su política radical al cruzar la frontera a Chicago.

De los tres grupos predominantes y opositores entre los migrantes mexicanos, los radicales fueron los más igualitarios. Eran autonomistas dignos; las mujeres radicales movilizaban alianzas transnacionales y navegaban independientemente por operaciones políticas. Profesores radicales, periodistas y artistas, como la “Sra. García”, quien enseñó en el asentamiento de la Universidad de Chicago, y revolucionarios internacionales como Anita Brenner y Concha Michel engendraron el movimiento, mientras que los mexicanos de la clase trabajadora lo dirigieron. El antifascismo y la política del frente popular eran la base de sus agendas radicales.

Supplemental Image of Mexican Colonies of Chicago and the Calumet Region. Courtesy of Flores and UI Press
Las “colonias mexicanas” de Chicago y la Región Calumet. Cortesía de Flores y UI Press.

Formas de empoderamiento

El color de piel, los roles que tomaban, símbolos y artículos, y los espacios que ocupaban, fueron las formas principales de empoderamiento que los revolucionarios mexicanos adoptaron y utilizaron para lograr la justicia transformadora en Chicago.

Los liberales mexicanos de Chicago valoraron y utilizaron su color de piel para desmentir con autoridad las racionalizaciones destructivas sobre la clasificación racial y la discriminación. En 1928 Jesús Mora, un intelectual liberal de Chicago dijo que “porque su color es blanco, nos clasifican a nosotros como gente de color”. Flores destaca que los mexicanos liberales en Chicago se refirieron al presidente Benito Juárez como “nuestro hombre de bronce”. En Chicago, una estatua en su honor está instalada en la avenida Michigan.

Flores cita un artículo del Chicago Tribune de 1923, que deploraba a los mexicanos étnicos y a México: “Los productos [de México] son… terreno baldío, recursos destruidos, analfabetismo, pobreza e ignorancia… Las grandes masas de los pueblos primitivos no son aptas para el autogobierno, y las clases educadas también”.

El Departamento de Policía de Chicago fue por mucho, responsable del sufrimiento mexicano en Chicago. Flores declaró, “[El periódico] México y otros periódicos liberales agredieron (con sus publicaciones) a un ‘policía polaco’ cuando apalearon, dispararon y mataron a mexicanos, los arrestaron en masa y permitieron que los blancos étnicos destruyeran propiedades de mexicanos”.

Estas condenas demuestran la disrupción en la vida mexicana. Las deportaciones (Operación espalda mojada), las campañas de repatriación, la hegemonía nativista y otros trucos, devastaron a las comunidades mexicanas, dañando así su movilidad [socioeconómica] e invariablementem reduciendo sus posibilidades. Flores explica que “a principios de la década de 1950, el declive de la coalición New Deal, el inicio de la Guerra Fría, el macartismo, y el comienzo de una recesión económica que comenzó con el fin de la Guerra de Corea llevó al INS [Servicios de Inmigración y Naturalización] a llevar a cabo otra campaña de deportación masiva dirigida a los inmigrantes mexicanos”.

Los mexicanos radicales expusieron y desafiaron roles y estereotipos inauténticos en la propaganda estadounidense al generar contra narrativas que reflejaban y envalentonaban al público mexicanoamericano, particularmente a los niños mexicanos. Por ejemplo, Flores identifica que las películas de 1930 (“A Trip through Barbarous Mexico” y “Soldiers of Fortune”) representaban a los mexicanos como bandidos y payasos sin educación. Al posicionar a los migrantes mexicanos de clase trabajadora —la “columna vertebral de la sociedad”— en papeles de liderazgo jerárquico, los mexicanos tuvieron las vías para convertirse en líderes. “El Frente enmarcaba la educación como un medio para transformar a los mexicanos en radicales”, señala Flores.

Los tradicionalistas emplearon la biblia y la cruz como anclas para asegurar la autonomía religiosa. Por otra parte, el papel del cristiano estadounidense ofreció numerosas ventajas, el más importante siendo que el cristianismo se percibe como una religión de los blancos.

Liberales, tradicionalistas y radicales obtuvieron el empoderamiento espacial. Bibliotecas, iglesias, parques, sociedades fraternales y de ayuda mutua accesibles en español y casas de asentamiento funcionaron para movilizar la acción colectiva y satisfacer las necesidades de la comunidad, y sentarían las bases para la formación de “colonias” o comunidades mexicanas.

El artículo más importante para los mexicanos en Chicago fue el periódico: en 1925, “México” era un periódico creado por los liberales en Chicago, y “El Amigo del Hogar” de East Chicago era un periódico católico, también establecido en 1925. En ese entonces, la literatura mexicana y el reportaje trascendieron las convenciones de noticias étnicas europeas de ese tiempo.

La revolución es justicia laboral

El movimiento obrero mexicano anuló cualquier temor —o duda— de que los mexicanos no eran aptos para la modernidad estadounidense. Los mexicanos de Chicago se iniciaron en posiciones de defensa civil. Sus inclinaciones sindicales y laborales eran posibles porque los residentes de Chicago comparten una conciencia intercultural de los derechos humanos y la justicia social.

Los mexicanos en Chicagolandia se unieron y ayudaron a establecer varios sindicatos: el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO, por sus siglas en inglés); el Comité Organizador de los Trabajadores de Empacadoras (PWOC, por sus siglas en inglés); el Comité Organizador de los Trabajadores del Acero (SWOC, por sus siglas en inglés); United Packinghouse Workers of America (UPWA), United Steelworkers of America (USWA) y los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW, por sus siglas en inglés). 

Según Flores, “mucho antes del New Deal y la formación del CIO, las sociedades obreras mexicanas, expuestas a las ideas de la revolución y de los magonistas, ya buscaban redefinirse como sindicatos de buena fe”.

Al inicio de la década de 1960, jóvenes activistas y reformadores mexicanos que sufrieron un shock radical, trauma causado por comunidades desarraigadas que desplazan a individuos y grupos y desgarran sus hogares, vecindarios y sistemas sociales, abandonaron las filosofías socialistas y marxistas pertinentes en décadas anteriores.

Estos agitadores de segunda generación resistieron la sumisión, practicaron la desobediencia civil y exploraron abiertamente las coaliciones de justicia social, materializando el Movimiento Chicana/o, una organización intercultural, interétnica e interestatal. Flores explicó: “siguieron defendiendo a los inmigrantes, pero abandonaron los argumentos antiimperialistas y marxistas a favor de los derechos de los inmigrantes que los inmigrantes mexicanos radicales habían expresado alguna vez”.

Migración-criminalización

Flores emplea con éxito un marco multi-histórico en su análisis del Chicago revolucionario, exponiendo el complejo industrial de migración-criminalización. La inefable violencia económica se ha convertido en una predisposición para los mexicoamericanos , afirma. 

“Este proceso de importación y deportación cíclica de trabajadores mexicanos deshumanizó al pueblo étnico mexicano de Estados Unidos y normalizó el maltrato a los mexicanos como un pueblo mercantilizado y desechable”.

La repatriación es un producto del complejo de supremacía blanca de los hombres étnicos europeos en los EE.UU. Es el dispositivo no letal que impide la expulsión forzada —la deportación— de “extranjeros indeseables: y grupos étnicos descuidados. Durante la década de 1930 en el noroeste de Indiana, funcionarios de la ciudad, líderes corporativos y residentes locales, persuadieron a los tradicionalistas mexicanos a regresar a México y en consecuencia, su población en esa región se redujo a la mitad de su tamaño.

El Estados Unidos posterior a la Depresión marcó una línea firme para la inmigración y la seguridad nacional.

De acuerdo con Flores, “varias autoridades estimaron que a principios de la década de 1950, en Chicago vivían entre nueve y quince mil mexicanos indocumentados y que con el inicio de las deportaciones de la Guerra Fría, la oficina del INS en Chicago comenzó a deportar a unos trescientos mexicanos al mes”.

Así, la discordia continúa un siglo después de que la intelectualidad liberal viajara a Chicago y al Medio Oeste. Persiste el déficit y la disparidad; los mexicanoamericanos están marcados con la criminalidad; los inmigrantes mexicanos son victimizados como extranjeros indeseables; son detenidos y deportados sin el debido proceso; la represión nefasta del gobierno se está convirtiendo en una opresión más inhumana y maligna.

Los mexicanos de Chicago continúan siendo discriminados, minimizados y vistos como un fetiche. Sin embargo, la narrativa transformadora y otras formas de empoderamiento, ayudan a navegar por estas dificultades. Sin duda, la representación de los concejales latinos de Chicago refleja la demografía latina de la ciudad y la rica historia de la organización política.

A nivel nacional, el Congreso es cada vez más heterogéneo y los mandatos estatales requieren que los estudiantes de secundaria estudien y aprendan sobre los líderes de derechos civiles mexicanos y otros defensores de los derechos civiles no blancos.

Los mexicanos revolucionarios contemporáneos, sus aliados en Chicago y más allá, construyen un sentido de comunidad por medio del diálogo, llamados, interferencia cultural, protestas, vigilias de paz, meditación en grupo, jardines comunitarios, mercados libres y espacios libres. El Día Internacional del Trabajador (“May Days”) reúne a cientos de miles de ciudadanos para protestar. Al mismo tiempo, en América Latina, la reforma constitucional está transformando la democracia y empoderando a los residentes y la represalia socialista está impulsando insurrecciones antiautoritarias.

El libro sirve muchos propósitos, el más importante es la rendición de cuentas: en Estados Unidos, significa hacer responsables a la política de identidad nacionalista blanca y al capitalismo global neoliberal. El texto de Flores aclara las muchas manifestaciones del trauma: el choque de raíces, la fatiga existencial y el complejo de la supremacía blanca. Se enfrenta a nuestra fealdad como país, que a la vez, enfrenta el problema.

La Revolución Mexicana en Chicago fue absolutamente alternativa y posiblemente, poco ortodoxa; de hecho, fue un movimiento de justicia global de principios del siglo XX. Las críticas y la retórica trans políticas de la revolución produjeron agentes de cambio en múltiples continentes y dieron a las próximas generaciones vías de recuperación y las equiparon con aprendizaje experiencial, capital social e internacionalismo revolucionario.

Principalmente, el libro documenta las tradiciones de la práctica revolucionaria, mostrando cómo los radicales emplearon el color de piel, los roles, los apoyos y los espacios al servicio del empoderamiento de la comunidad y la búsqueda de la justicia transformadora en las esferas del trabajo, la educación equitativa, las relaciones raciales, el acceso a los servicios públicos, y a responsabilizar a la policía y a los funcionarios gubernamentales corruptos.

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Nacido y criado en California donde radicó hasta sus hasta los 18 años, Matthew Carnero Macías se mudó a Elgin en 2009. Desde entonces, ha residido en los alrededores. Comenzó su carrera periodística en Chicago en 2014 y actualmente está trabajando en reportajes sobre el bienestar público: en escuelas, transporte y vivienda. Esta es su primera pieza para el Weekly.

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